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domingo, 11 de marzo de 2018

Los Angelitos de las Angustias



Cuentan que un fraile antes de expirar, hizo una confesión sobre los angelitos que acompañan a la imagen de la Virgen de las Angustias, la cual se encuentra en la Catedral de Jaén.

Los angelitos los trajo el fraile cuando pidió ingresar en el convento de las Carmelitas Descalzas, el cual indico que habían sido donados por un viajante en el camino, y que ahora a punto de ser llamado por el Señor decidió contar la verdad.

Dicho fraile estuvo preso en el norte de África por los moros. Cuando fue liberado, estuvo trabajando en casa de un moro muy rico, en esta casa vivía con su hija, una belleza de mujer, con ojos grandes como lunas y negro azabache. Tanto él como ella se enamoraron y decidieron irse de esta casa, huyeron por mar hasta España,  y una vez aquí ella fue convertida al cristianismo.

Empezaron viviendo en Almería honradamente, el tallando madera y vendiendo las imágenes a los habitantes del lugar. Hasta que un día se percataron que eran seguidos por unos individuos mandados por el padre de su mujer,  y decidieron empezar a huir de este lugar.

Siguieron su camino por Granada, Loja, Sevilla, Lucena, Córdoba, Úbeda y Baeza donde habían nacido sus dos hijos. En cada una de ellas tenían que volver a abandonar la ciudad pues sus perseguidores siempre estaban ahí. El motivo que estos supieran su destino, era que estaban siguiendo el trabajo de las imágenes que iba vendiendo y así sabían por dónde vivían.

Desde Baeza tuvieron que partir de nuevo al verse identificados, se pararon para descansar del camino. El fraile fue a recoger agua en un riachuelo próximo, en un momento de descuido fue golpeado y apresado por varios moros. Llego a perder la conciencia y una vez despierto, la imagen que se encontró fue desoladora. Estaba maniatado y con la boca tapada para que no pudiera hacer nada más que mirar.

Madre e hijos llorando, los tres abrazados, los niños tenían la cara desencajada mirando a su madre con los ojos llenos de lágrimas. En esto que uno de los captores le dijo; “por orden de tu padre debes ser castigada”. En ese momento le arrebataron a los dos chiquillos de su regazo, ellos daban patadas y seguían llorando y gritando en busca de que su madre pudiera cogerlos de nuevo. Y en un suspiro, uno de los moros por la espalda degolló a la madre. En este instante todo se quedó en silencio.

Los niños desencajados por haber visto a su madre morir de esa manera, sus gestos, sus lamentos, sus gritos y patadas contra los que los detenían. Estas imágenes se le quedaron grabadas al fraile. Mientras el intentaba liberarse de las ataduras pero era imposible, le sangraban las muñecas, no podía gritar, nada.

En esto que, cogieron a los niños los montaron a caballo y desaparecieron por el camino. El fraile roto por el dolor de la pérdida de su mujer y sus hijos cayó desplomado sobre el suelo.

Días más tarde se despertó en una cabaña de unos hortelanos, estos le curaron las heridas que tenía y una vez recuperado, fue en busca de sus hijos.

No cejo en su empeño de encontrarlos, se fue a África, en donde vivía el padre de su mujer y allí no se encontraban, recorrió todo el norte hasta el Sahara. Estuvo más de 30 años buscándolos pero no pudo encontrar ningún indicio de ellos. Ya mayor y con pocas fuerzas, volvió a la peninsular, y acabo por la sierra de Jabalcuz. En estos años de búsqueda no talló ninguna imagen. Y fue entonces, en la sierra, cuando quiso recordar las caras de sus hijos, cogió dos maderos y talló en ellos las figuras de sus hijos en el momento que vieron a su madre morir.

Las últimas palabras del fraile fueron; “Padre, en el nombre de la Pasión de Nuestro Señor, le suplico que, en memoria del martirio de mi amada esposa, no mande retirar de los pies de la Piedad las dos figuras que reproducen el dolor de mis hijos”

sábado, 3 de marzo de 2018

Padre Canilla


Una oscura y tenebrosa noche cae sobre Jaén. En una de las estrechas calles del barrio de San Juan, rompe al silencio el estrepitoso golpe del portón de madera de una casona, de la que ha salido un joven que ha acompañado a la novia hasta su domicilio. Ni siquiera los pasos del Sereno se escuchan por las cercanías, que quizá se encuentre resguardado del agua en alguno de los oscuros pero cálidos portales. El aire frío e intenso arrecia con fuerza sobre la ciudad. Sigue su camino, con el cuerpo aterido de frío, y divisa a lo lejos una sombra que avanza en sentido contrario por la misma calle. Piensa en la figura que ve mientras camina. Excesivamente delgado, a su juicio, parece el caballero, que con paso ligero se dirige hacia él. Resulta ser un sacerdote, vestido con larga sotana negra, bien abrigado con una capa y con un gran sombrero que le protegía del frío y de la lluvia.

El clérigo le solicita su ayuda para realizar una celebración en la cercana capilla del Arco de San Lorenzo, puesto que está solo y precisa de colaboración. El joven accede de inmediato, dirigiéndose ambos hacia el mencionado edificio. Una vez entran en la pequeña y hermosa Capilla, el sacerdote se reviste y da comienzo a la ceremonia. En una de las genuflexiones del presbítero, el joven le ayuda sujetándole la sotana mientras se arrodilla. En ese preciso instante aprecia el muchacho que en lugar de dos tobillos lo que sobresale por debajo de la ropa son las canillas de un esqueleto, comprobando que sin lugar a dudas, estaba junto a un esqueleto parlante. Pies le faltaron para salir corriendo en cuanto pudo reaccionar, presa del pánico. Abandonó el Arco de San Lorenzo y corrió desesperado por las calles del barrio de la Merced buscando donde esconderse de la fantasmal criatura. Parecía que el extraño esqueleto no le había seguido. No obstante, prefería esconderse donde fuera.

Por fin, en su alocada carrera, vislumbró la silueta de un hombre en la Plaza de la Merced. Se acercó hasta él sin pensarlo dos veces, en busca de protección. Resultó ser un sacerdote, que escuchó boquiabierto el relato que el joven le narró. El cura, asombrado por el nerviosismo y la excitación del muchacho, con un ligero destello de burla en su mirada, se alzó la sotana. En ese momento le preguntó que si los tobillos que había visto eran como los de él, mostrándole al aterrorizado joven unas horribles canillas descarnadas y sin vida. 

sábado, 13 de diciembre de 2014

Las tres morillas de Jaén


CUENTA la leyenda que cuando estaba la fortaleza mora de Abrehui, la anterior al actual castillo de Santa Catalina, al mando del capitán Solimán, que gozaba con la confianza del rey jienense Alhamar, tuvo que sufrir la pérdida de su esposa tras el parto de tres niñas gemelas: Aixa, Fátima y Marien.

Conforme el tiempo pasaba aquellas niñas se convirtieron en unas hermosas damas, de cuya belleza se hablaba fuera de las fronteras de Jaén. Por ello, su padre, cuidaba de tenerlas en un lugar seguro, fuera de las miradas de los hombres.

Quiso la fortuna que un buen día llegara a Jaén un emisario del rey de Castilla, para entregar al rey moro una carta de su señor.
Alhamar dispuso que el soldado cristiano se alojara en el castillo los días que permaneciera en la ciudad, mientras meditaba la respuesta a la propuesta castellana.
Por tratarse de un noble caballero, pariente del rey de Castilla, le fueron tributados toda clase de honores y deferencias, y ello hizo que Solimán le invitara una noche a cenar. Cuando estaban sirviendo los postres, las tres hermanas entraron jugando a la estancia y al observar el invitado quedaron ruborizadas de tal manera que salieron del comedor con la misma destreza que habían entrado.
No obstante, Solimán, creyó necesario dar una explicación al comensal y presentárselas de una manera oficial, lo que provocó una gran admiración en el caballero, que en sus días restantes de visita buscaba afanosamente el momento para volver a ver a las tres morillas. A los cinco días Alhamar preparó la respuesta para el monarca castellano y el enviado tuvo que volver a Burgos, aunque con el pensamiento ocupado por aquellas muchachas que había conocido en Jaén.

Pasaron varios meses y el caballero no pudo olvidar los rostros de aquellas moras, y con la esperanza de volver a encontrarse con ellas emprendió el camino hacia Yayyán.
Cuando llegó a las puertas de la ciudad pensó que la mejor forma de acercarse a ellas era acceder a un huerto, adosado a los muros de la parte posterior de la fortaleza, que tenía un fácil acceso. Para burlar los centinelas incendió unos matorrales del otro extremo y aprovechando la alarma sembrada subió por un pequeño muro que daba al huerto, donde las tres morillas, muy asustadas, corrían a refugiarse en el castillo.
Mientras tanto, el caballero se escondió en un rincón del huerto, a la espera de que apagaran el fuego y las tres hermanas volvieran a su lugar de juego.

Al poco tiempo, Aixa, Fátima y Marien salieron de la fortaleza entonando una canción: «¿Do estarás ahora hermoso galán,/que solo pude verte un día?/¿Qué triste se tornó mi vida,/desde que te perdiste en la lejanía!».
El caballero se acercó a ellas sigilosamente y les preguntó si ese caballero era él, porque desde que las vio se enamoró de cada una de ellas.
Aixa, con lágrimas en los ojos, le dijo que su amor era imposible porque su padre les había desposado con un poderoso señor de Granada, pariente del rey Alhamar, y que ella misma también había sufrido su amor por él.

En ese preciso momento las hermanas, entre gemidos, decidieron entrar en el castillo y el caballero cristiano al intentar seguirlas fue localizado por la guardia que le apresó y fue conducido ante Solimán, que al reconocerle le preguntó por el motivo de su visita inesperada, a lo que el doncel no respondió, provocando la ira en Solimán, que no la reprendió contra él porque recordó que era pariente del rey de Castilla, y de esta manera quedó pendiente de la decisión de Alhamar.

A los pocos días llegó el monarca nazarí y se entrevistó con el caballero cristiano, que le contó lo que le había ocurrido. El rey decidió conocer a las tres moras y después convocó al pariente granadino, que pretendía casarse con ellas, al caballero cristiano y a Solimán.

Alhamar se dirigió primero a su capitán y le dijo que los tres hombres allí presentes estaban enamorados de sus hijas. Que como el caballero cristiano tiene preferencia por Aixa, quedaría Fátima y Marien, «y deberán ellas mismas decidir con quién de nosotros dos quieren casarse», indica el rey moro.
Solimán confundido le dice a su señor que si tuviera cien hijas, las cien se las entregaría, pero si solo desea una que por supuesto no se va a negar. Tampoco puede hacerlo con tu primo al que anteriormente le había concedido las tres, «pero mi corazón se acongoja al tener que dar mi Aixa a un cristiano, no por su religión, porque sé que es buen caballero, de hombría y linaje, sino porque se irá lejos y no volveré a verla jamás».

Resuelto este escollo por el propio caballero, prometiendo que le visitaría, al menos, una vez al año, decidieron que Fátima y Marien eligieran a sus esposos.

Al día siguiente, el rey moro envió un despacho a Fernando III dándole cuenta de todo lo que había acontecido y rey cristiano, que estaba en Úbeda, le comunicó que deseaba apadrinar la boda del caballero y Aixa.

Se trasladaron a la ciudad de Úbeda, donde se celebró el bautizo de la bella mora y a continuación los desposorios.

Romance compuesto sobre esta leyenda, incluso cantado por Federico García Lorca.


 
Tres moricas me enamoran
en Jaén:
Aixa, Fátima y Marién.

Tres moricas tan garridas
iban a coger olivas,
y hallábanlas cogidas
en Jaén:
Aixa, Fátima y Marién.

Y hallábanlas cogidas
y tornaban desmaídas
y las colores perdídas
en Jaén:
Aixa, Fátima y Marién.

Tres moricas tan lozanas,
iban a coger manzanas
hallábanlas tomadas
en Jaén:
Aixa, Fátima y Marién.

Díjeles: ¿Quién sois, señoras,
de mi vida robadoras?
Cristianas, que éramos moras
en Jaén:
Aixa, Fátima y Marién.