
La catedral de
Jaén es el símbolo y la expresión más plástica del esplendor por el que la
diócesis de Jaén atravesó durante los ss. XVI-XVIII.
Conquistada Jaén en 1246, el obispo de Córdoba D. Gutiérrez consagró la
mezquita mayor, la dedicó a la Asunción de la Virgen, y la
convirtió así en el primer templo de la diócesis. El edificio musulmán pervivió hasta 1368, cuando el obispo D. Nicolás de Biedma derribó la
mezquita e inició la construcción de una catedral gótica, dotada de
cinco naves y claustro. No debió ser una obra sólida, pues a finales del s. XV D. Luis Osorio tuvo que
derribarla y empezó a construir otra, en el mismo estilo arquitectónico.
Para ayudar a la construcción, el prelado otorgó una serie de indulgencias y
gracias, y el sínodo de 1492 ordenó la colocación de un cepillo en cada
parroquia con el fin de recolectar donativos destinados a sufragar los gastos
del nuevo templo. En 1500 tomó posesión del obispado de Jaén uno de los
prelados que ha pasado a su historia como mecenas de las artes e impulsor de
distintas edificaciones: D. Alonso Suárez de la Fuente del Sauce, quien realizó
importantes reformas en la fábrica de la catedral, aún en estilo gótico.
En 1525 un peritaje del cimborrio
determinó que amenazaba ruina y empezó a considerarse la posibilidad de
construir un nuevo edificio, más sólido que el ya existente. Intervino
entonces un personaje que fue decisivo para el inicio de una nueva etapa
constructora: el cardenal Esteban Gabriel Merino, arzobispo de Bari y obispo de
Jaén, residente en la curia romana. El purpurado logró obtener del papa
Clemente VII el breve Salvatoris
Domini (20 diciembre 1529) por el que el pontífice concedió una
notable cantidad de indulgencias a quien contribuyera económicamente a la
edificación de una nueva catedral, a la vez que autorizaba la constitución de
una cofradía bajo la advocación del Santo Rostro, compuesta por 20.000 hombres
e idéntico número de mujeres. Con los fondos recolectados se iniciaron las obras hacia 1551 según los
planos del que fue el gran artífice del nuevo templo, Andrés de Vandelvira. La
modernidad de la obra nueva residía en la desaparición de la girola gótica, con
lo que se creaba una planta de tipo salón. El mayor mérito de la catedral radica en que durante
los siglos que duró su construcción, el plano originario de Vandelvira fue continuado por los demás
arquitectos, empezando por su discípulo Alonso Barba, aunque la
decoración posteriormente se barroquizara. Las obras se suspendieron por las
crisis económicas que sacudieron el final del reinado de Felipe II, a las que
se añadió la falta de recursos económicos.
En 1634, el cardenal D. Baltasar de Moscoso y Sandoval, decidido a sacar las
obras del proceso de paralización que habían sufrido, obtuvo de Urbano VIII un
breve fechado el 8 de enero 1635, por el que la Santa Sede, previa autorización
de Felipe IV, autorizaba la aplicación de dos mil ducados anuales de la mesa
episcopal, mil quinientos de la mesa capitular y las rentas de los beneficios
vacantes de toda la diócesis. Esta gracia, prorrogada sucesivamente, supuso en
recursos económicos más de la duplicación de las rentas de la fábrica, lo que
permitió la prosecución de las obras con un ritmo constante hasta su
conclusión. El arquitecto Juan de
Aranda Salazar concluyó el crucero y la cúpula, y así en 1660 se pudo consagrar
el templo con unas espléndidas fiestas. Siguiendo el proceso
constructivo, en 1688 se culminó
la fachada como un gran retablo de órdenes gigantescos, según diseño de
Eufrasio López de Rojas, con relieves de Pedro Roldán y una
balaustrada de Blas Antonio Delgado. En el interior, el coro fue construido durante el primer
tercio del siglo XVIII aprovechando la sillería del XVI. Su bóveda fue
proyectada por José Gallego y Oviedo del Portal, discípulo de Churriguera (1726),
quien también diseñó la arquitectura pétrea del mismo coro. A finales del XVIII
se decoraron las capillas y fue erigido el tabernáculo y ostensorio del altar
mayor, con esculturas de Juan Adán. A partir de 1764 se habían iniciado las obras del Sagrario, con diseño de
Ventura Rodríguez; esta última fase de las obras fue consagrada en 1801,
con lo que así quedó concluida la construcción del primer templo de la
diócesis.
Cronología de la edificación. La Sacristía, Sala Capitular y Sala Exposiciones.
|
Principio del Siglo XVI. Alonso Suárez.
Mediados del Siglo XVI. Andrés de Vandelvira.
Principio del Siglo XVII. Juan de Aranda de Salazar.
Mediados del Siglo XVII. Eufrasio López de Rojas.
Siglo XVIII. José Gallego y Oviedo del Portal.
Siglo XVIII. Ventura Rodríguez.
La sacristía es un espacio
rectangular, de 12 por 22 metros. Con toda razón se considera la obra maestra
de Andrés de Vandelvira, cuya construcción se ultimó dos años después de la
muerte del arquitecto, en 1577. Cuenta con 16 arcos sostenidos sobre fragmentos
de entablamento, que se apoyan a su vez sobre columnas corintias pareadas.
La arquería se remata con una cornisa en la que de nuevo se apoya una segunda
arquería, idéntica a la de abajo. Sobre la puerta de ingreso, se encuentra
una pintura de la Magdalena penitente. La cubierta se remata con una bóveda
de medio cañón, con arcos fajones, y con decoración geométrica de círculos y
cuadrados, al gusto renacentista.
El retablo relicario que se halla en la cabecera de la sacristía se debe a
Alonso de Mena, y fue realizado hacia 1640, cuando este escultor se desplazó
a Jaén para realizar los relieves del crucero norte. Contemplando el escarceo
de la luz entre las columnas, se puede aplicar a esta sacristía el díptico
clásico: O la luz ha nacido aquí, o si no, hecha
prisionera, aquí reina libre.
A través de una antesala cuadrada,
comunicada con la capilla de Santiago y con la sacristía, se accede a la Sala
capitular, a través de un arco de medio punto con columnas de fuste acanalado
y bastones alternados, coronadas por capiteles dóricos, que sostienen un
friso donde se alternan triglifos y metopas.
La Sala Capitular tiene una planta perfectamente rectangular, de 14 por 7
metros. Preside este noble espacio el retablo que el Cabildo encargó, en
1546, al pintor Pedro Machuca. El tondo que corona este retablo ofrece la
imagen de la Verónica sosteniendo el Santo Rostro. En la tabla principal del
cuerpo superior, el cardenal Don Pedro Pacheco y miembros del Cabildo están
arrodillados ante la Virgen, que sostiene con ternura materna a su Hijo. En
el cuerpo central del retablo, el titular de esta capilla, San Pedro de Osma,
es representado con ornamentos pontificales, en actitud de bendecir.
La decoración mural de la Sala Capitular, de fuerte sabor bramantesco, es un
prodigio rítmico conseguido a base a una serie de pilastras jónicas que
marcan tres tramos con arcos de medio punto, colocando bellísimos nichos
entre pilastras. El espacio resultante se cubre con bóveda de cañón con arcos
fajones y recuadros que adornan con extrema sobriedad.
En
el antiguo panteón de canónigos está
ubicada actualmente la Exposición
Permanente de Arte Sacro, en la que se pueden contemplar piezas tan
interesantes como el relieve de
la Última Cena, de principios del s. XVI, atribuido a Gutierre Gierero
o Jerónimo Quijano; la talla de
San Lorenzo, de la segunda mitad de la misma centuria, cuyo posible
autor fue Sebastián de Solís, o la imagen de San Diego de Alcalá, de autor desconocido, y realizada en el s.
XVII.
Interesantes como el pie para el
cirio pascual y el tenebrario que
forjó a principios del XVI el maestro Bartolomé, conocido rejero de la época.
A la gubia de Sebastián de Solís se atribuye también el relieve de la Adoración de los Reyes Magos.
Preside la antigua capilla del panteón un lienzo de Sebastián Martínez
conocido como
Cristo del desamparo y Jesús abandonado, realizado
hacia 1660 por encargo del Cabildo. Otras pinturas enriquecen esta colección,
como la Virgen de la Cinta o
Sagrada Familia, de Pedro Machuca, pintada hacia 1520 y de claros
influjos rafaelescos, y los
Desposorios de la Virgen, del pintor novohispano Cristóbal de
Villalpando. En la cabeza del
Bautista se percibe el influjo de Valdés Leal, y el de José de
Ribera en el lienzo que representa a San Andrés. Dignos de mención son los óleos anónimos que efigian
a Santo Tomás de Villanueva, San Agustín y San Francisco de Asís consolado por un
ángel. A pesar de los sucesivos repintes, la pintura más antigua es la Virgen de Gracia, el estandarte que
en el primer tercio del s. XV enarbolaba el obispo Don Gonzalo de Estúñiga en
sus escaramuzas contra los musulmanes granadinos. Al ardor guerrero de esta
representación de la Virgen pone el contrapunto de serenidad y paz María con
el Niño, de indudable gusto italiano. En la cripta propiamente dicha se ubica
un cuadro de Sebastián Martínez, de rica iconografía, que representa el
triunfo de la Inmaculada y es conocido popularmente como la Virgen de los compadres, por estar representados en la
zona inferior Adán y Eva.
En este mismo espacio se puede contemplar una rica arqueta mudéjar y diversas
piezas de orfebrería, como la custodia
gótica y diversos cálices.
La primera parte de la Exposición
Permanente, titulada Dios Padre: el Dios de la historia, ayuda al visitante a
la contemplación del designio salvador de Dios Padre que consiste en
compartir su amor con la humanidad. Este plan salvífico lleno de amor gratuito
se ha manifestado en la historia desde Abrahán, acompañando al pueblo de
Israel, y queda reflejado en obras como los libros Corales de la Santísima
Trinidad, la casulla blanca con el Arca de la Alianza o el cuadro de bronce y
coral donde se representa la creación de Eva.
La segunda parte de la Exposición
Permanente de Arte Sacro, que lleva por título Dios manifestado en
Jesucristo, presenta dos momentos dentro de la dimensión salvadora de
Jesucristo: la Encarnación, haciéndose hombre, y la Redención, su muerte por
los pecados de la humanidad. Ambas dimensiones quedan ilustradas en obras que
plasman episodios de la vida de Cristo como la Anunciación, la Adoración de
los pastores, la Sagrada Familia, la Última Cena y el Calvario.
La continuidad de la
obra redentora de Cristo por medio de su Iglesia animada por el Espíritu
Santo está recogida en la tercera parte de la Exposición: El Espíritu de
Jesús anima a su Iglesia. La distribución de las obras en esta sección
tercera refleja a la Iglesia que vive las tres funciones básicas encomendadas
por Cristo: escuchar la palabra, vivir la caridad y celebrar la fe, y ello
teniendo como modelo e intercesora a María. E
Finalmente, una cuarta
y última parte de la Exposición Permanente, que culmina el recorrido
catequético por la historia de la salvación, se centra en Jesucristo: El
Salvador, punto omega de la historia, culminación de los tiempos y los
siglos, que puede ser contemplado de distintas formas, tanto en las diversas
cruces procesionales expuestas como en modelos iconográficos cristológicos
clásicos -cordero apocalíptico, pelícano.
|
Andrés de Vandelvira,
inspirándose en la tradición de Vitrubio, dotó a al nuevo edificio de la
catedral de Jaén de “utilitas” (utilidad), ideando una serie de galerías altas,
ubicadas sobre las capillas laterales, para albergar distintas dependencias del
Cabildo: la escuela de gramática, la contaduría, y el archivo, entre otras.
En las galerías altas de la
catedral está ubicado el
Archivo Histórico Diocesano, que cuenta con unos 1500 metros lineales de
estanterías. Conserva documentos desde el siglo XIII, y la colección de libros
corales de la catedral, cuyo número asciende a 76, y que contienen bellísimas
miniaturas, como la Anunciación, obra de Juan de Cáceres, del primer tercio del
siglo XVI.
La Exposición documental del Archivo
Histórico Diocesano
Aunque la tradición museística más clásica reserva para las exposiciones
las obras de pintura, escultura y orfebrería, se va abriendo paso también una
mayor valoración de los documentos, como elementos del patrimonio
histórico-artístico. Los documentos hablan de la historia de los hombres, del
nacimiento de las comunidades; también de su desaparición. En muchas ocasiones
son el único recuerdo que queda de realidades que fueron bellas en su creación,
pero que los avatares de la historia han hecho desaparecer. Por ello, los
documentos son memoria viva y palpitante, y algunos fueron realizados también
con la finalidad de producir belleza.
Dos son las claves de interpretación sobre las que se articula la Exposición
documental del Archivo Histórico Diocesano: el carácter histórico de la fe cristiana y el Santo Rostro como
emblema de la Diócesis de Jaén.
El terremoto de Lisboa, en 1755, evidenció que se hacía
necesario construir el ángulo noreste de la catedral, aún sin levantar, para
dar consistencia al edificio. Se decidió así construir el Sagrario, cuyas
obras, según proyecto de
Ventura Rodríguez, se iniciaron en 1764 y fueron finalizadas en 1801. La cornisa exterior está decorada con estatuas realizadas
por el escultor francés Miguel Verdiguier.
El interior es una
capilla oval inscrita en un rectángulo, enmarcado con dos tramos transversales,
que son la sacristía y el vestíbulo. Preside el altar mayor un cuadro de
Mariano Salvador Maella, representando la Asunción de la Virgen, y fechado en
1795. Las columnas pareadas corintias dejan espacio para dos altares laterales,
donde se ubican dos cuadros de Zacarías González Velázquez: el martirio de San
Pedro Pascual y la Crucifixión. La bóveda que cubre el interior es elíptica con
una red de 288 casetones hexagonales.