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jueves, 7 de agosto de 2014

El Ronquío de Jaén

Eso del ronquío era una costumbre que ya está casi perdida. Cuando una persona le contaban algo increíble o le pedían una cosa muy costosa o que no quería dar; cuando se quería algo así como "A mi no me engañas" o "Anda ya"... en lugar de responder con palabras o menospreciar con otros gestos, el de Jaén soltaba una especie de gruñido o de ronquido: "¡jrrr!" y se quedaba tan pancho el tío. Por usar frecuentemente en estos pagos ese sonido , con esa significación, es por lo que se le dijo la frase de Jaén es la tierra del ronquío.

Y según dice la leyenda, a principios del siglo XV, en Jaén, que era cristiano desde el año de 1246, las cosas no estaban muy tranquilas. La frontera con los moros de Granada era insegura y las correrías y razias, las expediciones de castigo y de arrasamiento de campos y aldeas eran muy frecuentes. Hay que pensar que la frontera estaba muy cerca de la ciudad, Cambil era ya de los moros y, desde tan cerca, por el valle del río Guadalbullón, las algaradas islámicas se metían en las puertas de la ciudad sin ser vistas. Las gentes de la vega y de las inmediaciones de Jaén procuraban defenderse, pero con frecuencia, eran sorprendidos y asesinados o apresados sin darles tiempo a pedir ayuda.

Ante tal situación, decidieron establecer unos turnos de vigilancia, tanto de día como de noche, con grupos de hombres armados, lanceros y ballesteros, mandados por un militar, para que velaran por la seguridad de sus convecinos. Su misión era la de vigilar y más que defender los pasos o caminos, encender una buena hoguera que fuera vista desde el alcázar de Jaén y diera tiempo a preparar la defensa o de acoger a las gentes de extramuros. Si los asaltantes no eran muchos, entonces sí les  hacían frente y procuraban ahuyentarlos o vencerlos.

Estas pequeñas milicias los formaban, como decía, grupos de unos veinte vecinos. Eran trabajadores del campo o albañiles o humildes menestrales que, de ese modo, aportaban su tiempo, y en algunos casos sus vidas, al común de la ciudad. Siempre los mandaba un militar o un caballero y, desde luego, en estas partidas no participaban los viejos.

Especial riesgo corrían los que debían hacer el turno de noche. Una táctica de los moros era la de, aprovechando la oscuridad, aproximarse en celada hasta el farallón de San Cristóbal donde los jaeneses establecían la guardia y, sorprendiéndolos, evitar el aviso a la ciudad. De esa manera, al amanecer, podían llevar impunemente su ataque hasta los mismos muros, no sin apresar o descabezar a los desprevenidos campesinos que salían a trabajar con el alba.

En una de esas ocasiones, esa especie de pequeña milicia urbana compuesta por una decena de amigos, amén de otros pocos que se les unieron para completar el número necesario, que habían constituido una fraternal unión entre ellos y sus familias y que, para evitar suspicacias de otros grupos de carácter religioso, fueron de los primeros en prestarse a velar por la seguridad de la ciudad.

La jornada había sido de gran trabajo para todos y al caer el sol, se reunieron en el arrabal para, juntos, ordenada y disciplinadamente, dirigirse hacia el cerro a relevar al grupo que había cumplido la misión durante el día.

Al frente de aquella partida que a pesar de la diferencia de colores y tejidos de sus jubones y capotes para defenderse del relente, en nada parecía una patulea, caminaba el alférez Rafael Campos. Todo el grupo lo seguía al completo. Entre ellos el albañil Miguel de Torres, Francisco del Moral, Diego de la Fuente, Joaquín Mirlo, los hermanos Domenech, Juan Comenero, Juan Ferrándiz y Garcia de Carmona mas otra docena mas de vecinos.

Llegaron al farallón que ya conocían, dieron el santo y seña, pues ya las sombras se habían cerrado sobre el lugar, y relevaron al pelotón que no les dio mas novedad que la del aburrimiento.

Rafael, después de sortear las guardias, distribuyó los puestos y comprobó el estado y la abundancia de la leña que en caso necesario, habría que ser prendida para dar aviso. Eran cinco los puestos y los cubrían en turnos de una hora. Mientras libraban, en la parte central, junto a la leña, descansaban los que quedaban frescos.

Todos estaban muy cansados, pero, al menos durante los tres primeros turnos, nadie se durmió. El quinto relevo, en una noche sin luna, en la que sólo las estrellas se ofrecían como distracción de los guardianes, ya fue imposible aguantar. Uno a uno, sin poder remediarlo, fueron cayendo en el sueño los imaginarias. Primero entraron en una especie de inmovilidad, luego de vacío, después de pesadez de los párpados y finalmente llegaron a esa reconocible dulzura que nos envuelve antes de dormirnos. Arriba, el dosel de zafiro repintado de negro dejaba pasar la inmensidad de puntos luminosos entre los que se echaba de menos la luna. El silencio de aquella cerrada y oscura noche sólo estaba roto a jirones por culpa de la cansina canción de los grillos.

De los cinco vigías, el último en cerrar los ojos fue García, a quien el cielo estrellado le sugería ideas que por aquellos años, no se podían decir en voz alta.¿como era posible pelearse entre los hombres porque al creador de aquellas maravillosas vistas de luces unos lo llamaran Dios, otros Alá otros Yavé? Para mayor comodidad en su contemplación, se había dejado recostar sobre un buen macizo de romero. Admiró las estrellas, luego se puso a contarlas, después se incorporó e intentó escrudiñar la impenetrable oscuridad del entorno. Nada parecía moverse, nada sonaba, sino el canto de los grillos y un lejano y suave murmullo del agua del arroyo que jugaba con las piedras de su lecho. Se recostó de nuevo. Pensó en los moros, en el riesgo de estar allí. Si estuvieran cerca, algo sonaría. Se le cerraron los parpados.

Casi en el centro de la breve meseta, en una especie de corro, dormían confiados los restantes componentes del grupo. Uno de ellos, Rafael, soñaba con una heroica batalla en la que cabalgaba junto al rey. Su sueño era profundo. En uno de sus movimientos, que tal vez lo provocara alguna acción de ensoñamiento, se quedó boca arriba y comenzó, como solía, a roncar suavemente.

Una partida de moros de Cambil, que habían estado observando, desde la tarde, el emplazamiento, el relevo, y los puestos de los cristianos, se había aproximado sigilosamente hasta ellos. El único acceso practicable a la mesetilla que ocupaban estaba guardado por dos vigías. Si caían sobre ellos y los eliminaban en silencio, la sorpresa estaba asegurada y muy difícil lo tendrían los otros dieciocho, que seguían durmiendo.

Seis moros, como silenciosas y astutas serpientes, iban de avanzada a eliminar a los vigías. Cuando oyeron el ronquío de Rafael, se alegraron. Caerían sobre aquellos dos primeros, que eran Garcia y Torres, y de inmediato con el apoyo de los otros pasarlos a todos por el cuchillo.

Ya veían el bulto de los dormidos y estaban dispuestos a degollarlos.

De pronto, inopinada y sorprendentemente, una especie de trueno los dejó paralizados y despertó a los centinelas. Rafael, en su roncar, había perdido la respiración por unos instantes y como reacción, sus pulmones quisieron introducir tanto aire que el ronquido fue descomunal, pareció un redoble de tambor.

Todos se despertaron y uno de los moros mas próximos, el inmediato a Miguel, se traicionó y éste lo vio. De seguida dio la voz de alarma, al tiempo que le atravesaba el pecho.

La reacción de García fue también instintiva y como su compañero, derribó con su lanza al mas cercano.

Los que descansaban en el centro, al unísono, se dirigieron hacia la brecha de acceso para apoyar a sus dos compañeros. Los cuatro moros de la avanzada que quedaban, mientras retrocedían con desventaja, por estar en un plano más bajo, intentaban defenderse de las bravas acometidas de los dos centinelas quienes, sabiéndose respaldados por sus amigos y sin ningún posible franco descubierto, los hostigaban sin miedo.

Todo estaba organizado de tal modo que, simultneamente a la formación de la línea de defensa, Francisco, prendía fuego a la pira de leños para iluminar el entorno y avisar de la asonada a los de la alcazaba de la ciudad. La defensa del lugar no era complicada. Perseguidos y muertos o heridos los de la avanzada enemiga, y comprobadas las otras centinelas, la posible entrada, un tanto angosta y en un favorable declive, se prestaba a un cierre fácil. Lo único que había que cuidar, y todos los sabían, era el no ofrecer la propia silueta contra la luz del fuego. En tal caso, una flecha enemiga podía atravesar al incauto.

Al resplandor de la hoguera, comprobaron que, al menos hasta el arroyo, no había enemigos. También observaron que allá arriba, en la torre del homenaje del castillo, la aureola luminosa de otro fuego respondía al mensaje que ellos les habían enviado. Ya no habría sorpresa. Los planes enemigos habían sido frustrados.

De día ya, una expedición exploro los alrededores y comprobó que habían abandonado las posiciones.

La anécdota del ronquido se corrió de boca en boca entre todos los vecinos de Jaén y desde entonces, cualquier hecho o palabra o frase que a un jienense le mereciera menosprecio, le hacía emitir un ronquido.

Bibliografia: Te voy a contar ...los cuentos de Jaén, autor José García García


domingo, 29 de junio de 2014

Las Tres Cruces de Armilla



Cuentan los más viejos de Armilla que el lugar llamado de las Tres Cruces ha existido desde la conquista de Granada, no sabiendo explicar porque esas tres cruces de piedra están ubicadas allí ni a qué se debe su construcción, ni quien fue el autor, pero si se sabe de una leyenda que dice tal que.....

Cuando el veinte de Julio de 1936 entraron en Armilla los nacionales, casi todos los militantes republicanos huyeron del pueblo, abandonando así a sus familias y todo lo que tenían, unos temiendo represarías por sus ideologías políticas, otros por temor a que fueran detenidos y fusilados. Amén de otros hechos que ellos habían protagonizado anteriormente. El caso es que Enrique era un ideólogo acérrimo del partido comunista y cuando llego la hora de salir por pies del pueblo, aguardó hasta última hora ya que estaba muy enamorado de su novia Juana y estaban a punto de casarse cuando sus planes se fueron al traste al estallar la guerra.

Lo cierto es que llegaba la hora de partir y después de haberse despedido de su novia, Enrique salió de su casa siendo aun de noche, antes del amanecer, filtrándose a través del portal trasero el que se adentraba en el corral de otro vecino de la calle Málaga.

Este conocido morador estaba perdidamente enamorado de Juana y sabía que Enrique era comunista de toda la vida así que cuando estallo la guerra y el frente nacional se hizo de Granada, dedujo que Enrique intentaría escapar en cuanto la ocasión se lo permitiera. Así que en el silencio de la noche cuando oyó el cerrojo de la puerta vecina, salto de la cama y pensó que era su oportunidad de su vida para denunciarlo y tener vía libre para cortejear a Juana sin obstáculo alguno.

Después de seguirlo a pie durante un buen rato vio como se paraba en la plaza de las tres cruces, seguramente allí seria el punto de contacto para recogerlo y llevarlo a lugar seguro.

Conociendo como creía el punto de encuentro entre los militares "rojos", fue a denunciarlo a la junta de gobierno del pueblo aprovechando el momento, antes de que pudiera escapar.

Enrique ajeno a lo que tramaba su malvado vecino, estaba confiado esperando un coche Ford de pedales que le condujera hasta Almería y una vez desde ahí organizaría la salida para Juana para reunirse con él.

Mientras hacía tiempo esperando el coche que lo llevaría lejos de allí, distraídamente observó las tres cruces de la bella plaza Armillense y pensó en los tiempos que él como otros niños de Armilla habían jugado a mil y una aventura entre sus moles de piedra escondiéndose y refugiándose de los ficticios ataques de bandos opuestos que se organizaban entre ellos, ironías de la vida pensó,..
Aquellos días eran de tranquilidad entre vecinos que en algunas ocasiones y aprovechando el buen tiempo practicaban la sana afición de encontrarse al pie de las cruces para contarse sus cosas.

Pasados algunos años y ya de mayor, fue en una de esas verbenas de los pueblos que los vecinos de Armilla organizaban al lado de las cruces donde conoció a Juana y se enamoro perdidamente de ella.

Enrique recordaba como aquel lugar había sido mudo testigo de sus encuentros de media tarde con su novia, ¡cuantas palabras de amor había escuchado el Cristo de la Piedra!¡Cuántas promesas de enamorados se habían jurado sobre los pies del Cristo crucificado atravesados por el clavo de la incomprensión humana!

Aquel lugar le traía recuerdos dulces y cálidos en esa mañana fría de Enero de 1936, el coche se retrasaba y los nervios empezaron hacer mella en su espíritu y aunque no había amanecido todavía, había algo en el ambiente que le hacía recelar de esa aparente calma y apoyándose entre las cruces se lío un cigarro y así hizo la espera más llevadera.

Aunque él pertenecía al partido comunista, nunca había participado en ninguna de las reyertas que sus compañeros habían perpetrado contra la iglesia católica, el era más del dialogo y la tolerancia antes que de la violencia.

Se encontraba sumido en sus pensamientos cuando vio aparecer por la carretera de Granada dos faros de un vehículo que se aproximaba muy despacio. En un primer momento quiso plantarse en medio de la carretera, pero después lo pensó mejor y decidió esconderse detrás del Cristo de la Piedra y observar las maniobras del vehículo. No tardo mucho en comprobar cómo un Citroën C-7 paraba frente a él y se bajaban tres hombres, uno de ellos su vecino Juan dirigiéndose directamente hacia las tres cruces de piedra. Rápidamente, se escondió como pudo detrás de una de las cruces...pero no había mucho donde parapetarse

- ¡Eh, tú, sal de ahí!-Le espeto uno de los uniformados.

A Enrique se le heló la sangre y se quedo paralizado de miedo- ¿Es que no me has oído?-Volvió a decirle el soldado. Mientras tanto su vecino como una cucaracha se escondía detrás de otro soldado. Lentamente Enrique salió de la cruz de piedra y se puso delante de esta, -¿Que ocurre?-Pregunto con un leve hilo de voz.

-¿Que que ocurre?...¡tú sabrás que haces aquí a estas horas!-Le respondieron.

-Yo solo estaba fumando un cigarrillo.

El otro soldado le pregunto a Juan que lo tenía detrás.

-¿Es este el que tú dices?

-¡Si, si, si....Este es el asqueroso comunista!-Gritó Juan.

-Así que tú eres comunista...¿y que haces aquí entre cruces?

-Yo solo estaba rezando al Cristo de la Piedra, antes de ir a trabajar.

-¡No os dejéis engañar... es un rojo ateo... Es más fácil que el Cristo se desclave un pie de la cruz a creer que tú seas cristiano!

Enrique pensó que estaba perdido y que su vecino lo había delatado... Los soldados apuntaron los fusiles hacia la cabeza de Enrique encañonándole mientras uno de ellos decía....

-¡De esta no te salva ni Dios!

Enrique... sintió el fin de sus días y entornando los ojos y como le había enseñado su madre se encomendó a la Virgen María y a su hijo Jesús, ... extraño pensamiento para un comunista, pero hay situaciones donde lo más profundo del alma se agarra como una tabla de salvación a las creencias que nuestros padres nos enseñaron y mientras rezaba esperando el tiro de gracia, un silencio profundo y cerrado inundó aquella escena,... el tiempo se petrifico y cuando abrió los ojos vio a sus verdugos de rodillas y mirando fijamente al Cristo de piedra que tenía detrás de él.

Juan con la cara desencajada salió corriendo cual lo persiguiera un demonio y nunca más volvió a verlo... se giro para ver lo que los soldados observaban tan detenidamente, y el también cayó de rodillas viendo al Cristo de Piedra que había soltado unos de sus pies graníticos y lo había puesto junto al otro, desenclavándolo.....

Desde entonces nunca ha faltado un ramo de flores frescas en las Tres Cruces de piedra de Armilla.

Autor  Jose Manuel Fernandez Martin, de su libro "Las Leyendas de Nuestros Pueblos"

sábado, 28 de junio de 2014

La Edad Media en Jaén

Los primeros intentos de toma de la ciudad por parte de los cristianos estuvieron a cargo de Alfonso VI, que fracasó en 1151 por la oposición de los Almohades. Alfonso VII lo intentaría en 1144 y 1148 y pondría cerco a la ciudad en 1169, todo ello bajo la dominación almorávide.



Pero los mayores logros estarían a cargo de Fernando III, que en 1225 intentaría un asalto apoyado por las huestes del emir de Baeza, al-Bayyasí. Tres años después alcanzaría Otíñar. A Fernando III se le presentaba el problema de que precisaba de mayores fuerzas para lograr un ataque definitivo, tal era el grado de fortificación de Yayyan. Descartado el asalto, Fernando III optó por la estrategia del asedio y el hambre. Durante el invierno 1245 lanzaría duros ataques y arrasaría cultivos y aldeas cercanas a la ciudad, que resistió hasta la primavera de 1246.

Al-Ahmar, necesitado de consolidar su nuevo reino de Granada, prefirió rendir vasallaje al rey castellano y entregó la ciudad. Existen diversas hipótesis sobre las condiciones en las que el rey castellano toma la ciudad, pero lo cierto es que no tardaría mucho en consagra la aljama que ocupaba el lugar de la actual catedral.

Jaén pasó entonces a ocupar la sede civil y eclesiástica del Alto Guadalquivir, tomando el lugar de Baeza, que lo había sido desde 1227, decisión sobre la que pesó sobre todo el enclave estratégico que ocupaba la ciudad. El reino de Jaén quedaría entonces configurado por cuatro ciudades: Jaén, Úbeda, Baeza y Andújar, y tres villas: Arjona, Santisteban del Puerto e Iznatoraf, comprendiendo unos límites bastante aproximados a la de la actual provincia. La ciudad de Alcalá la Real se incorporaría a mediados del siglo XIV. Ya en 1260 la ciudad había obtenido concesiones reales, como el título de "noble". En 1383 ya era "muy famosa, muy noble y leal ciudad" y en 1466 Enrique IV añadió el título de "guarda y descendimiento de los reinos de Castilla".



Entre 1459 y 1471 viven en Jaén Miguel Lucas de Iranzo, Condestable de Castilla. Su perfil político y de hombre de armas va a la par de su gusto por los fastos y los lujos y por sus mejoras en la ciudad. La "Crónica del Condestable", que ha llegado hasta nuestros días, refleja ese mundo y nos transmite la imagen de un perfecto caballero medieval.

El Concejo funcionaba como una Asamblea Ciudadana y se encargaba del gobierno de la ciudad. Jaén estaba regida por el Fuero de Toledo, mientras que otras ciudades del reino, como Baeza o Úbeda, lo eran por el de Cuenca. El primero era más restrictivo que el segundo. Los miembros del Concejo se elegían por sorteo, celebrado el día de San Juan, entre las collaciones o parroquias de la ciudad. También por sorteo se elegían alcaldes, alguaciles, pregoneros, mayordomos y alcaides del castillo. La jurisdicción medieval abarcaba además de la ciudad las aldeas, todos los términos, tierras cultivadas, dehesas y montes.

A medida que avanzó la Edad Media, el gobierno municipal vio recortadas sus atribuciones en favor del poder real. Alfonso XI crearía la figura del Corregidor, el primero de los cuales tomaría posesión de su cargo en 1383 en Jaén, nombrado por el Rey. Esta figura fue aún más reforzada por los Reyes Católicos, que apoyaron en esta figura la consolidación de su poder. El número de regidores pasaría de 12 a 24, pasándose a llamar Caballeros Veinticuatros, recayendo su nombramiento en la nobleza. Jaén era ciudad con voto en Cortés, lo que hacía muy apetecible el puesto de Caballero, por sus beneficios políticos y económicos.

Como cualquier sociedad medieval, la de Jaén distaba de ser igualitaria y su jerarquizaba como una pirámide, en cuya cúspide se encontraba la nobleza, exenta de impuestos y que además disfrutaba de privilegios políticos. Los hidalgos eran nobles que detentaban una situación económica desahogada y participaban como regidores en el gobierno de la ciudad. Los Caballeros de Cuantía eran aquellos que podían permitirse mantener sus propios caballos y armas, a cambio de lo que se les permitía acceder a determinados oficios municipales. El clero ocupaba un importante papel social y económico, merced a donativos reales y particulares, pero sobre todo gracias a los diezmos. Más abajo aún en esa pirámide social se encontraba la mayoría de los jaeneros de la época, agricultores y en menor medida, comerciantes y artesanos. Pero habría que contabilizar aún a un amplio grupo de desherados que apenas sobrevivían en la miseria mendigando por las calles.

En cualquier caso, en un primer momento, en el siglo XIII, la mayoría de las tierras eran de realengo, con la excepción de los territorios ocupados por las órdenes de Calatrava y de Santiago, y las posesiones del Arzobispado de Toledo en Cazorla. El proceso de señorialización de la propiedad de la tierra sería sin embargo un proceso constante que prácticamente invertiría la solución para el siglo XVI.

La mayoría de las fuentes de la época coinciden en describir el Reino de Jaén como un territorio rico por su agricultura y ganadería. La riqueza en especial de la capital devenía de la abundancia del agua de sus manantiales. En esta época se alternaban las huertas de poyo, que producían abundantes hortalizas, con viñas y olivares, en un afán de garantizar el autoabastecimiento. Distintas disposiciones reales y municipales intentaron frenar el aumento del cultivo del cereal. Había que contar además con la producción de plantas industriales, como la grana, el cáñamo, el zumaque, utilizado para obtener tinturas, o el lino.

Frente al paisaje actual, en el que el olivar ocupa la casi totalidad del territorio, en este momento era mucho más frecuente el cereal, que se acompañaba de encinares, robledales, fresnos, álamos y pinares. Esta riqueza forestal proporcionaba madera y carbón vegetal. La cabaña ganadera de Jaén, sobre todo la ovina, era el principal puntal económico, gracias a los pastos que se extendían por sus alrededores.

La abundancia de moreda y plantas industriales facilitó el desarrollo de una industria textil de cierta entidad, lo que promovió la aparición de oficios de tejedores, tintoreros o bataneros. Buena parte del caudal de la Magdalena se utilizó en este momento para su uso en las tenerías dispuestas en sus cercanías.  A su vez, esta pujanza industrial promovió el desarrollo del comercio con otras poblaciones del Reino y con Castilla.

A pesar del momento de prosperidad económica que se vivieron en estos años, la vida de los jiennenses distaba mucho de ser fácil, de acuerdo con las duras condiciones generales de la época a lo que habría que añadir las incursiones moriscas que desde Cambil y Granada se soportaron durante años.

En 1295 los moros ponían asedio a la ciudad. En 1368, el ejército de Mohamad el Viejo, rey de Granada, aliado con D. Pedro I de Castila, en contra de D. Enrique de Trastámara, sitia Jaén, Úbeda y Baeza. Entró a saco en las dos primeras, dándose saqueo y actos sangrientos. La mezquita sufrió importantes daños, hasta el punto de que se echó abajo para construir la catedral gótica. Estos hechos suponían destrucción y hambre, además del propio peligro de las armas, para campesinos y ganaderos. Además de acostumbrarse a un modo de vida que les obligaba a estar permanentemente alerta y a contribuir a las labores de vigilancia, defensa y acciones de castigo.

Tampoco las infraestructuras de la época permitían afrontar los incidentes de la naturaleza. A épocas de sequía le sucedían temporadas de copiosas lluvias y son frecuentes los desbordamientos de ríos y la destrucción de puentes que habían de mejorarse cada cierto tiempo.

Con la reconquistas, Jaén fue recibiendo familias castellanas y leonesas que venían para iniciar la colonización de los nuevos territorios. Martínez de Mazas dice: "la esención de todo género de tributos que había gozado desde el rey D. Enrique II había llamado muchos pobladores a la ciudad, y los campos, deseosos de cultivo, producían en abundancia los frutos de que son capaces. Esto trae consigo el fomento de la industria y aplicación de las demás artes; y se sabe que en los siglos XIV y XV habían paños de todas clases y colores, y de otras telas, como bayetas, sargas, frisos y cordeletes".



La ciudad medieval tenía un fuerte carácter defensivo. Se construye el nuevo castillo de Abrehuy y el recinto amurallado se amplía para acoger al barrio de San Ildefonso. Además del recinto amurallado y el alcázar, existían otros núcleos defensivos: Otíñar, Pegalajar, Torredelcampo, El Burrueco...

La estructura urbana se divide en collaciones, que se distinguían por los oficios de sus moradores: en la de Santa María se afincaría la nobleza local y los hidalgos, abundando también los clérigos. En las de Santiago y San Lorenzo destacarían los aguadecimileros, batihojas, sombrereros, bordadores y oficios relacionados con el cuero y los paños.

No fueron los judíos ajenos la prosperidad económica de la ciudad. Por eso, cuando en la segunda mitad del siglo XV se desataron persecuciones contra ellos encontraron la protección del Condestable Lucas de Iranzo.
La ciudad se extendía de forma alargada por la falda del cerro del castillo, con una longitud aproximada de 1.200 metros y 400 de ancho, sin llegar a superar las 50 hectáreas.

Precisamente el Condestable emprendió diversas obras que, si bien no tendrían carácter monumental, sí indicarían el carácter de un regidor preocupado por el aspecto de la ciudad. Sus intervenciones revelan su doble concepción como fortaleza y al tiempo, como lugar de habitación y esparcimiento, escenario urbano cotidiano y también adecuado para los momentos de celebraciones y fiestas.
Las actuaciones de la época son: Consolidación de la muralla, fortificación de las tres fortalezas y demolición de las partes ruinosas. Conservación de la primitiva estructura, con la excepción de ligeros claros ante las iglesias utilizadas como cementerio y mercado.

La falta general de infraestructuras y servicios públicos es nota común. Se carece de pavimentación y alcantarillado, por lo que el aspecto de las calles es polvoriento, pedregoso y desaseado. El vecindario arroja a la calle y a los arroyos madres que surcan la ciudad con sus residuos domésticos. En 1488 se publican ordenanzas al respecto. Se allanan las calles y se eliminan los obstáculos que impiden la circulación de las caballerías. Se trasladan las carnicerías del interior de la ciudad a la Puerta Barrera.
 

Se señala una de las vías que posteriormente se convertiría en la principal de la ciudad, la Carrera.



sábado, 21 de junio de 2014

Patatas al ajillo pastor


Ingredientes:
1 kg de patatas
1 cabeza de ajos
1/2 vaso de vino blanco
1 cuchara de comino en grano
1 cuchara de pimentón dulce
aceite de oliva
vinagre 
sal

Preparación:
Pelar las patatas, lavarlas y cortarlas en rodajas de un dedo de grosor.
En una sartén con abundante aceite, freírlas hasta que estén doradas. Retirarlas sobre un papel de cocina para evitar el exceso de aceite y reservar.

Pelar los ajos. En un mortero, majarlos junto con los cominos, el pimentón y la sal. Cuando se haya obtenido una pasta homogénea, verter el vino y el vinagre y mezclar hasta que quede todo bien integrado.

Disponer las patatas en una cazuela de barro y añadir el majado. 

Poner a fuego suave y cocer 4 o 5 minutos, removiendo hasta que la salsa y las patatas se hayan mezclado bien.

Se sirve muy caliente.


Foto:desdejaeneso.blogspot